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Pocos pueblos pueden sentirse tan satisfechos
de su hermosura como San Emiliano, una localidad que se esconde de
los ojos de los extraños. Pertenece a Allande, pero por tierra está
unido a Grandas de Salime y, por el río, a Pesoz. Hay que ser
demasiado curioso o estar advertido para coger el camino que lleva
al pueblo. Lo normal es aparcar a la entrada al estar defendido por
una pared de piedra y una portalada.
Entrar en San Emiliano es pasear por un mundo de piedra, de madera,
de hórreos y de silencio. Se puede recorrer el pueblo con la sola
presencia de los perros ladradores pero inofensivos. Después de
caminar un rato solo, encuentro a Amadeo, una mezcla de filósofo y
profeta que predica la bondad con el ejemplo. Me lleva a su casa
para invitarme a un licor de manzana elaborado por él. Se ofrece
para ponerme unos pinchos y confiesa que a veces se equivoca
llevando su casa a presuntos malhechores.
Otra persona que aparece en el camino es María del Carmen Reguera,
acompañada de la médico de Pravia, la cual me lleva al bar de la
alcaldesa de barrio, Aurelia Villabrille, que me presenta a sus
hijas de 9 y 11 años, y se muestra amabilísima a pesar de que el 20
de septiembre falleció su marido, un hombre que llevaba más de
treinta años en el parque móvil de la Delegación del Gobierno. Me
cuenta que ella era alcaldesa con el Partido Popular y que, a pesar
de la moción de censura, el PSOE la siguió manteniendo en el cargo,
señal, dice ella en broma, de «que lo hago bien». A sus 48 años
regenta el bar que tenían sus abuelos, aunque señala que el bar no
se sostiene con los veinte vecinos que quedan en San Emiliano.
Resulta curioso que existan dos bares en el pueblo y que apenas
tengan movimiento, salvo en el verano o en los puentes en que vienen
todos los que se encuentran fuera. Carmen Reguera explica que en una
casa próxima no vive nadie, pero que en el verano se juntan más de
veinte personas.
Señalan también Carmen y la Alcaldesa que en el pueblo se da todo,
cualquier cosa que se plante, y de ahí que aseguren que incluso se
da el azafrán. La Alcaldesa dispone incluso de dos apartamentos
rurales. Están satisfechas de los servicios públicos de saneamiento,
agua y luz, pero esperan que llegue el próximo año para que se les
arregle la pista que lleva del pueblo a la general.
Lo cierto es que pasear por San Emiliano resulta un gozo.
Documentada su existencia en 972, destaca por la belleza de sus
calles modestas. No queda otro remedio que entregarse a su escondida
belleza. Todo allí es piedra, madera y losa. Lo cual es sorprendente
porque la Alcaldesa señalaba que, si no pides permiso, todo vale,
pero como tramites una licencia o una subvención, todo se complica
debido a las normas restrictivas que pesan sobre el conjunto de San
Emiliano.
Dentro del atractivo encanto, tres edificios reclaman la atención de
inmediato: la iglesia, con vestigios románicos, góticos y
renacentistas, en la que se dice misa dos veces al mes, cuando
vienen las monjas de Pesoz para celebrarla, si bien hay que convenir
que las hostias las traen consagradas por el cura de Grandas; la
casa de la Torre, impresionante fortificación del siglo XVI, y de
cuyas alturas cuelgan cuatro magníficos escudos, el de los
Cienfuegos, Valledor, Ibias y Rúa. Dentro de esa situación tan
especial de pertenecer a Allande, pero tan próxima a Grandas, no
debe de sorprender que el hospital lo tengan en Cangas, el médico de
cabecera en Berducedo, el cura y el colegio en Grandas, a pesar de
que los más jóvenes del pueblo son las dos hijas de la Alcaldesa, lo
que explica que tengan en su casa once gatos propios más otros dos
que cuidan, dos perros, dos vacas, un ternero, un burro y bastantes
gallinas que son sus verdaderos amigos, puesto que salvo los
compañeros de la escuela de Grandas no tienen con quién jugar.
Y todavía los vecinos están en condiciones de poder bajar al río
Navia pendiente abajo, en donde disponen de alguna lancha para
pescar truchas. (Texto integro del diario La Nueva España
20/10/2005) |